Nació en Comodoro Rivadavia, Chubut, en 1961. Vive actualmente
en Trelew. Publicó "Matame si no te sirvo", Ultimo Reino, 1994. Además de ser un excelente poeta es
fotógrafo, y animador cultural, organizador del Encuentro de Culturas del Sur del Mundo, que se realiza anualmente en Trelew (Chubut).
I love you luisa
La luisa que yo conozco
no ni por asomo
la luisa que ella dice
que fue bella que bailaba
la luisa lisa y llanamente
es este montón de huesos que apenas anda/
la loca esa que anda en enaguas
vendiendo lotería en la puerta del mercado
la luisa que ella dice
que ella nombra con babas en el labio
es la pura memoria que le baila la cabeza
sólo su memoria detenida
en los tiempos de frondizi
y aquel auge del petróleo
la memo luisa mareada de manos
la más hembra del maracaibo
bailando can-can en los piringundines
con dólares en el corpiño
cuando la saipen oil y el plan con.int.es
la más cara enredada de giles
bañada de whisky en cada orgasmo
la sola memoria del sexo fermentado en cocaína
nada queda de aquel auge de esos días
sino la memoria fornicada
que puso a estos huesos de patitas en la calle
donde el tiempo pasa y nada queda de la saipen
de la standard oil que arrojó
las máquinas al mar por no dejarlas /
nada queda solo la luisa
con las enaguas al viento
los labios rojos silbando frank sinatra
por san cayetano pibe / comprame lotería.
eramos muy jóvenes
confundíamos árboles con fuego
frutas con ceniza
las guitarras ardían
como hembras por la noche
creo que había demasiado alcohol
o anfetaminas
y el vértigo
era una forma de belleza.
nos tatuábamos corazones en la espalda
y poseíamos mujeres
con tigres en el pecho.
todo el mundo llevaba una joroba
a punto de estallarnos
en la cara.
Paso del gualicho
Escapado de mi hacia lo otro
Voy hacia vos con el cuerpo confundido
Con un caballo de sombras
Voy al borde de todos los caminos
Todo paso es un paso en falso
Estoy en el paso del gualicho
Donde se estorban los sentidos
Se enturbia uno
Confunde ombligo de dios
Con aromas de tu boca
Detenido ante la cruz
Que rayaste contra el piso
Voy preso de este animal hacia lo hondo
Va espantado de sí mismo
Pisoteándome la cara
Tengo quebrado el tobillo de la cara
Gualicho es tu perfume
Tu aroma me hace chico
Que tira piedras a la noche
Estoy bailando con un hueso de nube en cada mano
Y vos sos dulce como un aire de tomillos
Estoy quebrado existo debajo del deseo
Y a causa de esa boca
Sangra luz mi boca oscurecida.
Del libro inédito Bailongo
Azul un ala
Izar la bandera es un trabajo difícil aunque no parezca, sobre todo cuando uno es pibe y está ahí adelante con la cabeza vuelta al cielo, girando la manivela que por lo general está oxidada y se empieza a trabar por la mitad de un mástil infinito. Pero una vez pasado el trance es como si hubieras puesto el corazón allá arriba.
Yo recuerdo una vez que tuve un intento fallido, fue cuando la maestra de quinto grado dijo – a ver dos varones al patio que vayan a izar el pabellón- y ahí salimos todos corriendo, y como nunca fui muy ágil que digamos (mas bien torpe) me quedé por allá atrás, rezagado al puesto de espectador con la nariz sangrando de un codazo mientras cantaba derechito alta en el cielo un águila guerrera y disimuladamente sacaba mi pañuelo azul masticándome la rabia de ver al gordo Villegas haciéndose el canchero, azul un ala del color del cielo y en eso me dio por estornudar sobre el color del mar justo cuando alzaba la vista para ver la bandera del sol nacida. Siempre por una razón u otra me quedaba con las ganas de estar ahí, sintiendo esas cosquillas patrias que a uno le dan levantando la celeste y blanca.
Fue por eso que empecé a ir a las ceremonias que se hacían en el patio del viejo Silveira, un vecino mezcla de caudillo con algo de curandero que cada domingo a las once de la mañana juntaba a los pibes para izar la bandera. El viejo tenía una forma extraña de venerar los símbolos, por ejemplo el mástil estaba pintado en la base con los colores de Boca Juniors y el palo era todo celeste y blanco pintado en forma de espiral como si fuera un chupetín psicodélico que remataba en el asta con unos laureles de hojalata que él mismo había diseñado. Al viejo Silveira le gustaba la herrería artística y eso era sólo una parte de su ingenio inagotable, también era afecto a la pintura así que la bandera de ceremonias tenía un sol estampado a los brochazos con una sonrisa conmovedora.
Todavía hoy me acuerdo de ese sol amarillo fuerte que se agitaba por el aire del domingo como si fuera nuestra propia cara flameando por allá arriba.
Lo curioso era la forma que tenía don Silveira para elegir los abanderados del día; nos hacía jugar al roca papel o tijera, a los penales, a la payana y otras formas de selección que él establecía. De esa manera no había broncas y hasta diría yo que era un acto democrático.
Otras veces se mandaba un concurso de preguntas y respuestas tipo: - quién fue el peludo Yrigoyen, a ver díganme en qué período gobernó el país el General Perón, quién fue el gaucho Rivero; nombre tres tangos de Discépolo y al menos dos escritos por Homero Manzi, poeta de la gente-.
Infinitas variantes que él compaginaba, mientras iba sacando al patio una vitrola plateada y con inmensa cautela ponía un disco de pasta de donde surgía toda achicharrada la voz del Zorzal cantando la noche que me quieras desde el azul del cielo las estrellas celosas nos mirarán pasar y así pasábamos al himno coronados de alegría, mientras ganadores y perdedores jurábamos con gloria morir.
El patio de Silveira era un país de maravillas, la escuela donde aprendimos a jugar a la cabecita y a recitar el Martín Fierro. Una escuela donde los símbolos estaban vivos y jugaban con nosotros a los penales, un lugar mágico donde no daba lo mismo ser derecho que traidor ignorante sabio chorro pretencioso estafador. Allí aprendimos entre tangos y concursos que no es lo mismo el que labura de noche y día como un buey que aquel que afana en su ambición.
Ahí aprendimos en el ’78 la diferencia entre una banderita made in taiwan y otra pintada a mano. En infinitos patios como ése cantamos la marcha de la bronca cuando volvían los hermanitos de la guerra.
De esas escuelas salimos muchos egresados a festejar con la celeste y blanca en la espalda (como una capa de super héroe) el día que Diego se cansó de gambetear ingleses y le metió un pelotazo a la corona de su reino.
Y fue en ese patio, ahora que me acuerdo, donde pude izar por primera vez la bandera de la patria mía. Era una bandera que el viento mordía con fuerza, con el sol pintado a mano, azul un ala, que a veces me acaricia todavía.
Columna "La Puerta". Diario El Chubut, Trelew 20/6/1995