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DOS POEMAS DE SERGIO DE MATTEO



L’oiseau qui s’efface
La Estación Inmóvil


L’oiseau qui s’efface[1]

 

“..el alma fluye desde adentro cruzando frondosos portales,

y provoca continuos interrogantes...”

Walt Whitman

 

 

1.

Ahí, como siempre, la constelación de días y de noches;

en torno a sus matices cambiantes se suceden las cosas.

Una borrasca incomprensible, exultante, plena, legendaria

avanza en medio de los altos edificios, de las calles extensas,

caldeadas. El caminante inserto en la postal, cae derrotado

y, luego, se erige en el tumultuoso lar entre ruidos y humaredas:

hijo y padre de la maquinaria, de los servicios y las irradiaciones,

del perdigón anónimo y los árboles rústicos y deshojados.

Trasciende en sus empeños y fervores, en sus deseos oscuros

y en la lenta agonía que lo arrincona entre la multitud,

haciendo que pese sobre todo su cuerpo el temor y el silencio,

la lucha profunda que lo acucia desde el tiempo y la nada.

 

En otro sitio, están los mismos días y las mismas noches

que doblan y desdoblan el impulso de la naturaleza.

En la contingencia del oleaje, de la marea apresurada,

el pescador, en la frágil y continua barca, viaja y sufre,

mientras entreteje con las hábiles manos una fuerte red

para darle sustento a su precaria manifestación. La mirada,

su mirada, arrogante bajo un cielo límpido, brilla con pasión,

y se pierde en la distancia, allá donde se arremolinan los peces.

 

Gira la rueda reuniendo los fragmentos (y se expande la senda),

mientras tanto, el pensamiento ambiciona consumar el proceso.

Quiere y necesita saber todo, desconfía de lo que no puede explicarse.

Tiembla ante lo incorpóreo: la memoria es el pájaro que se eclipsa.

Y construye su morada, su estancia errante sobre puentes aéreos

cimentados por las criaturas en la luz o las sombras, sin equilibrio.

 

 

2.

La sabiduría se colma en la lonja de la soledad;

y brotan desde fuentes primitivas aguas sustanciosas.

Palabras sin correajes se abalanzan contra las leyes.

El escribiente debería conciliar el pasado con su tiempo,

también, tiene que avizorar parte del futuro,

coronando, así, el principio con el fin de la vida.

 

Se puede iniciar el viaje hacia abajo o hacia arriba,

el sacrificio conduce hacia un destino: luz de gloria.

Pero si se claudica y se observa lo dejado atrás,

se pierde la visión.

 

Se debe ser condescendiente con el asombro, aquel asombro primero,

disfrutando de cuanto sea ofrecido; pero no se debe buscar

más allá de la hojarasca de lo decible,

se tanteará en el vacío.

 

Ahora es el hijo del instante.

En la fugacidad se goza sólo ajeno de recuerdos;

siendo ascua andariega.

 

Se es, en la intemperie, la rama caída, la campana rota,

la cadena arrastrándose en el limo

tras la lumbre que se desvanece cuando más se la desea.

Por eso, ansiar lo perdido es quedarse inmóvil, quieto

como el barco que permanece fondeado en algún puerto.

 

 

3.

¿Ha cruzado los efluvios intensos del sueño?

¿Ha permanecido cobijado en la duda

cuando la hora era alta, impávida,

abundante en historias remotas,

antes de aquella experiencia anunciatoria?

 

Ahora es el hijo del instante.

Pero si claudica y observa lo dejado atrás,

se perderá la visión.

 

Ahí está todo el horizonte posible:

lo que alguna vez fue un imponente mundo

surcado por ideas de hombres completos.

 

Ahí está todo el horizonte posible:

apabulla con sus rastros de tantos siglos;

sólidos trazos inscriptos en las piedras

diseminándose hacia el universo.

 

 

4.

Hablar y sostener, a la vez, la brasa en la lengua.

Lengua que será vencida en la jornada de la muerte.

 

(Pero existo eternamente en lo que dí).[2]

 

Siempre la batalla con lo desconocido.

No se buscará más allá de la hojarasca de lo decible,

se ha de tantear en el vacío.

Siempre, entre la realidad y el sueño, la visión;

esa poderosa corriente arrastrando

todo lo minúsculo, a las débiles pasiones.

 

Ahora es el hijo del instante.

El ímpetu que surge y se quema en el mismo acto.

 

¿Se perderá la visión?¿Se tanteará en el vacío?

 

 

a José Maristany

 



[1] Henri Michaux: “El pájaro que se eclipsa.”

[2] Marguerite Yourcenar