“..el
alma fluye desde adentro cruzando frondosos portales,
y
provoca continuos interrogantes...”
1.
Ahí, como siempre, la constelación de días y de noches;
en torno a sus matices cambiantes se suceden las cosas.
Una borrasca incomprensible, exultante, plena, legendaria
avanza en medio de los altos edificios, de las calles extensas,
caldeadas. El caminante inserto en la postal, cae derrotado
y, luego, se erige en el tumultuoso lar entre ruidos y humaredas:
hijo y padre de la maquinaria, de los servicios y
las irradiaciones,
del perdigón anónimo y los árboles rústicos y deshojados.
Trasciende en sus empeños y fervores, en sus deseos oscuros
y en la lenta agonía que lo arrincona entre la multitud,
haciendo que pese sobre todo su cuerpo el temor y el silencio,
la lucha profunda que lo acucia desde el tiempo y la nada.
En otro sitio, están los
mismos días y las mismas noches
que doblan y desdoblan
el impulso de la naturaleza.
En la contingencia del
oleaje, de la marea apresurada,
el pescador, en la
frágil y continua barca, viaja y sufre,
mientras entreteje con
las hábiles manos una fuerte red
para darle sustento a su
precaria manifestación. La mirada,
su mirada, arrogante
bajo un cielo límpido, brilla con pasión,
y se pierde en la
distancia, allá donde se arremolinan los peces.
Gira la rueda reuniendo
los fragmentos (y se expande la senda),
mientras tanto, el
pensamiento ambiciona consumar el proceso.
Quiere y necesita saber
todo, desconfía de lo que no puede explicarse.
Tiembla ante lo
incorpóreo: la memoria es el pájaro que se eclipsa.
Y construye su morada,
su estancia errante sobre puentes aéreos
cimentados por las
criaturas en la luz o las sombras, sin equilibrio.
2.
La sabiduría se colma en
la lonja de la soledad;
y brotan desde fuentes
primitivas aguas sustanciosas.
Palabras sin correajes
se abalanzan contra las leyes.
El
escribiente debería conciliar el pasado con su tiempo,
también, tiene que
avizorar parte del futuro,
coronando, así, el
principio con el fin de la vida.
Se puede iniciar el
viaje hacia abajo o hacia arriba,
el sacrificio conduce
hacia un destino: luz de gloria.
Pero si se claudica y se
observa lo dejado atrás,
se pierde la visión.
Se debe ser
condescendiente con el asombro, aquel asombro primero,
disfrutando de cuanto
sea ofrecido; pero no se debe buscar
más allá de la hojarasca
de lo decible,
se tanteará en el vacío.
Ahora es el hijo del
instante.
En la fugacidad se goza
sólo ajeno de recuerdos;
siendo ascua andariega.
Se es, en la intemperie,
la rama caída, la campana rota,
la cadena arrastrándose
en el limo
tras la lumbre que se
desvanece cuando más se la desea.
Por eso, ansiar lo
perdido es quedarse inmóvil, quieto
como el barco que
permanece fondeado en algún puerto.
3.
¿Ha cruzado los efluvios
intensos del sueño?
¿Ha permanecido cobijado
en la duda
cuando la hora era alta,
impávida,
abundante en historias
remotas,
antes de aquella
experiencia anunciatoria?
Ahora es el hijo del
instante.
Pero si claudica y
observa lo dejado atrás,
se perderá la visión.
Ahí está todo el
horizonte posible:
lo que alguna vez fue un
imponente mundo
surcado por ideas de
hombres completos.
Ahí está todo el
horizonte posible:
apabulla con sus rastros
de tantos siglos;
sólidos trazos
inscriptos en las piedras
diseminándose hacia el
universo.
4.
Hablar y sostener, a la
vez, la brasa en la lengua.
Lengua que será vencida
en la jornada de la muerte.
(Pero existo
eternamente en lo que dí).[2]
Siempre la batalla con
lo desconocido.
No se buscará más allá
de la hojarasca de lo decible,
se ha de tantear en el
vacío.
Siempre, entre la
realidad y el sueño, la visión;
esa poderosa corriente
arrastrando
todo lo minúsculo, a las
débiles pasiones.
Ahora es el hijo del
instante.
El ímpetu que surge y se
quema en el mismo acto.
¿Se perderá la
visión?¿Se tanteará en el vacío?
a José
Maristany